viernes, 1 de abril de 2016

¿Te acuerdas de mí?

#10
-¡Paula! ¿Vas a salir ya del baño? ¡El avión se nos va y tú te quedas aquí!-bromeó Miriam desde la cama.
Ya habían recogido todo lo necesario, y no entendía que hacía Paula, la mejor amiga de la puntualidad, tardando. Paco y los alumnos deberían de estar ya en el hall del hotel mientras ellas dos desperdiciaban el tiempo.
-Miriam: ¡no puedo salir!
La morena se extrañó. Bufó y rebufó, y luego se levantó. ¿Qué le ocurría?
-¿Pero qué te pasa?
La puerta de repente se abrió, asustando a ambas. A pesar de que la castaña no había dormido en toda la noche, no parecía un zombi. Se mordió el labio unos segundos antes de exclamar:
-¡Ayer Sergio me besó!
Su amiga abrió los ojos de par en par, turulata. Pero, ¿cuántas copas había bebido su amiga de más la noche anterior?
-¿Qué dices?
-¡Qué sí, que sí! Estaba saliendo del ascensor y…
Se dispuso a contarle lo sucedido rápidamente. No les sobraba tiempo, pero necesitaba un consejo cuanto antes de su mejor amiga. ¿Cómo iba a salir y mirarle a la cara al chico?
¡Se moriría de vergüenza!
Y luego estaba Gabriel. ¿Él sabría algo? Esperaba que no, por qué no quería que pensase cosas que no eran. Aunque, razonándolo bien, a él a lo mejor ni le importaba.  Desde luego, aquellos pensamientos no le hacían nada bien.
-Mira Paula, tú ahora tienes que salir. Porqué aunque Sergio te haya besado o no, el avión despega, y nosotras nos quedamos aquí. Por lo que nos vamos abajo, y si quieres ni les decimos hola. Tal vez él ni se acuerde… ¡Estaba borracho! No pasa nada, eso le ocurre a cualquier amigo de confianza.
Paula miró a la morena. A lo mejor tenía razón. Ella nunca se había emborrachado, y seguro que Sergio no se acordaba de nada. Sin embargo, no ocurrió como ellas pensaban, por qué cuando aparecieron por el hall, Sergio se puso más rojo que un tomate.
Claro que se acordaba. ¡Y también del guantazo que le soltó Paula después!
-¡Buenos días, señoritas!-exclamó Gabi, acercándose a ellas más contento que unas pascuas.
Se aproximó más a Paula, y ésta tuvo que bajar la cabeza para ocultar el rubor en sus mejillas. Aún recordaba el bailoteo de ayer y las mariposas en su estómago.
-Hola Gabi-contestó Miriam.
En ese momento, Sergio apareció, haciendo que el color de los carillos de Paula aumentase el triple. No se atrevía ni a mirarle a la cara.

-¿Se te ha comido la lengua el gato?
La pregunta del moreno le hizo sonreír. El avión estaba en lo alto de las nubes, como sus pensamientos. Miriam iba un asiento más atrás que ellos dos, y Sergio a su lado. Agradecía la consideración que había tenido su amiga al sentarse con él. Necesitaba aclarar las cosas, pero no podía.
Sergio la miraba desde atrás.
¿Qué le había pasado anoche? Paula le parecía guapa. Le pareció el primer día que la vio, y también cuando a veces se la cruzaba por los pasillos del instituto. Pero…¿por qué le había besado?
Dicen que los niños y los borrachos no mienten, y él hizo lo que sentía en ese momento.
¿A caso Paula le gustaba?
No. No podía gustarle.
Era la chica de Gabi. Su amigo de siempre. Bueno…, técnicamente no lo era, y… Gabriel tampoco había dicho nada de que le gustase. ¡Pero se le notaba a kilómetros! Se pasaba el día con ella, gastándole bromas y haciendo cualquier jugarreta para que Paula le prestase atención.

Ojalá se hubiese quedado quieto bailando con Miriam anoche. Porqué en ese momento no se acordaría de los sentimientos que bulleron en su interior cuando le besó. Estaba claro que ocurría, y debía reprimirse.

La llegada a España fue bastante rápida. Los padres de Paula acudieron a abrazarle nada más verla. ¡Cómo habían extrañado a su princesa! Estuvieron hablando durante unos minutos en el aparcamiento del aeropuerto, hasta que Miriam y sus padres aparecieron.
-Creo que deberías hablar con Sergio-murmuró ésta.
-Ya... Pero es que...
-¡Vamos, Paula! Yo te acompaño si quieres, pero tienes que hacerlo ahora.
La chica, más segura de su amiga le acompañase, caminó hacia el rubio. Estaba solo, pues sus padres hablaban con Paco mientras él metía las cosas en el maletero. Cuando las vio, se quedó más que sorprendido.
-Sergio, yo...
-Dime.
Se miraron durante unos segundos, sin saber que decir o que hacer, hasta que Paula habló, casi atragantándose:
-¿Te acuerdas de lo que pasó anoche?
Miriam oteó el intercambio de miradas, sabía que el chico se acordaba. Estaba un noventa y nueve por cien segura, pero se extrañó cuando éste habló:
-No. ¿Qué pasó?
Ambas chicas se sorprendieron, y Paula por dentro sintió una tranquilidad inmensa. 
-Nada. Da igual, ¡me voy!
Corrió al coche de sus padres, que le llamaban, y montó en él. Cuando los dos jóvenes se quedaron solos, la chica no pudo reprimirse:
-¿Por qué le mientes?
Sergio, sin saber muy bien porqué lo había hecho, miró a Gabriel, y el coche que salía del aparcamiento. Entonces, inseguro de saber que pasaría, bisbiseó:
-Es mejor así.
Sabía que no lo era. Y que no debería olvidarse, pero su amigo no se lo merecía. Ni Paula tampoco. 
O eso creyó él. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Te acuerdas de mí?

#9
Antes de que se hubiesen dado cuenta ya había pasado una semana. Se encontraban a punto de irse. Justo al día siguiente cogían un avión a primera hora.
Sergio, Miriam, Paula y Gabriel se habían hecho muy amigos. Los cuatro se volvieron inseparables desde la comida en el restaurante, y desde entonces a cualquier lugar que fuesen estaban juntos.
Por las noches se intercambiaban en las habitaciones. Estuvieron jugando y cambiándose secretos durante más de una semana, hasta que el día había llegado.
Hacían una fiesta en el salón del hotel.  Las chicas no trajeron muchas cosas de su ciudad natal para arreglarse, pero pudieron hacer algún que otro retoque. Tal vez no tan exagerados como otros, pero bueno, así ellas se encontraban a gusto.
Bajaron a cenar, y cuando menos esperaban, los dos chicos se acercaron a compartir el postre con ellas.
Gabi se sentó al lado de Paula.
-¿Vais a bailar mucho?-preguntó con guasa.
Por lo poco que las había conocido, se dio cuenta de que Miriam era muy divertida, y Paula también. Pero la última era tan tímida que no se atrevería a salir a bailar.
O eso pensaba él.
-¡Claro! Hay que disfrutar la última noche. ¿Verdad, Paulita?
La susodicha sonrió y asintió. Ella sabía que no iba a bailar mucho, pero no dudaría en intentarlo.

Observó las luces de la ciudad de Ámsterdam bajo sus pies. La cristalera del salón enseñaba toda la ciudad en pleno auge. Allí había vivido una de las mejores experiencias, y empezó a sentir cosas que jamás sintió. Y uno de los principales causantes era Gabriel.
El moreno, que bailaba en la pista, le saludó de vuelta, dando un giro bajo sus pies. Cómo si se hubiesen leído la mente.
Todo funcionó bien. La complicidad entre ellos se había afianzado. No faltaron las bromas, los gestos cariñosos (que a Paula consiguieron hartarle en ocasiones), las sonrisas y los sonrojos de ambos.
Nada había ido mal.
Los acordes de   It's Time del grupo Imagine Dragons empezaron a sonar.
Ella se balanceó sobre sus tobillos, aún sin atreverse a salir a la pista de baile y acompañar a los tres amigos. Aquello rebosaba de gente. Incluso Paco se había atrevido a bailar una canción al ritmo de Miriam.
Iba a echar de menos esto.
No sabía porque pero un sentimiento rumiaba su conciencia desde hace tiempo. ¿Todo cambiaría cuando llegasen a España?
No le dio tiempo a reaccionar, pues la mano de Gabriel había cogido la suya y la arrastró hasta el centro de la pista.
Procuró que no se le cayese nada de la bebida que se había pedido mientras él le hacía girar sobre ella misma para acercarla de nuevo. Reía y las mejillas se le tornaban rojizas. A causa del alcohol y otras cosas.
-I don’t ever want to let you down
I don’t ever want to leave this town
Cuz after all the city never sleeps at night 
 It’s time to begin isn’t it
I get a little bit
bigger but then
I’ll admit I’m just the same as I was
Now don’t you understand
That I’m never changing who I am
            Paula se carcajeó por el tono que usó. Cantaba de pena, pero la sonrisilla no se le quitó de la cara. Dejó a un lado la vergüenza y comenzó a balancearse al son de la canción, siguiéndole el ritmo a Gabriel.
            El corazón le latió desacompasado, él se acercaba más a ella y el alcohol hacía efecto en su sistema nervioso. Empezó a hiperventilar, y cuando tuvo el valor de mirarle a los ojos y dejar sus miedos apartados, cantó:
            - Now don’t you understand
            That I’m never changing who I am
            La canción terminó, y con ella el momento entre los dos. Se miraron durante un rato, sonriendo, y Gabriel decidió no reprimirse. La envolvió entre sus brazos mientras a Paula se le atascaba el aire en la garganta.
            -Cuando nos vayamos intenta no echarme mucho de menos.
            Rio y estrechó un poco más el abrazo.
            -Lo mismo digo.
            Después de eso, no les dio tiempo a intercambiar otra palabra. Wiggle sonaba y Miriam se había abalanzado sobre el cuerpo de ambos. Llevaba unas copas de más, pero aún así consiguió pronunciar lo que quería:
            -¡Paula, nuestra canción!
            Aquella noche la disfrutaron como nunca. Paula aguantó todo lo que pudo, hasta que los invitados empezaron con el limbo y decidió irse a dormir. Necesitaba descansar.
            Al meter la llave en la cerradura, una mano le impidió entrar.
            -¿Ya te vas a dormir, Paulita?
            Era Sergio, y por el tono que había empleado estaba un poco borracho. Ella sonrió y asintió, mientras le recomendaba que él también debería  ir a dormir.
            -Vale. Pero..., necesito hacer una cosa antes.
            -¿Ah sí?
            Él se movió unos centímetros más, rozándole con el aliento en la nariz. La chica se extrañó. Arrugó el ceño al oler el alcohol y levantó los ojos hacia él.
            -¿Qué haces, Sergio?
            Entonces, éste le besó.
             


martes, 15 de marzo de 2016

¿Te acuerdas de mí?

#8

Ella lo hizo, dejó de hablar para beberse el vaso de zumo y con él, acabarse el desayuno improvisado que se había preparado.
No quiso hurgar en la herida, eso Miriam no se lo merecía.
Al momento de pensar aquello, le dieron un susto de muerte. Gabriel posó su mano en el hombro de la chica y con un silbido entre dientes, ésta volteó sin saber quién era.
—¡Casi me matas!
—Es que eres una exagerada. ¿Nos vamos ya o qué?
Los cuatro asintieron, recogieron la mesa y salieron fuera del hotel de media pensión para encontrarse con todo el grupo de la clase.
Caminaron entre risas y jugueteos, mientras que las amigas se esquivaban la mirada. Posiblemente no duraría hasta media tarde aquel pequeño enfado, pero eso no le quitaba importancia al tema en cuestión. La castaña rumiaba su cabreo bajo sus gafas de pasta, haciendo que ninguno de sus dos nuevos amigos se diera cuenta.
—Bien, como tenemos preferencia entraremos pasando la cola. Haced el favor de no romper nada—exclamó Paco.
Todos asintieron y miraron a los de primero de bachiller que ayer pintarrajearon la habitación del hotel y ya va a cuenta de sus padres. Parecía que salían de un instituto de delincuentes.

Al llegar a la entrada, y pasar con el ticket, lo primero que vieron fue la estantería que ocultaba aquel refugio donde estuvo la familia Frank durante tanto tiempo. Avanzaron hacia arriba por las escaleras y comenzaron con la expedición del pequeño museo que tenían ante sus ojos.
No faltaron las fotografías en millones de sitios y las riñas de Paco por qué no tocaran nada.
—Ven, hazte una foto conmigo—le dijo Gabriel llamando la atención de Paula, que vagó por la habitación buscando un sitio donde ponerse.
—¿Dónde?
—Qué más da. Lo importante es la foto—contestó impaciente.
Un revoltijo de pigmentos rojos se acumuló en las mejillas de la chica. No quería ser obvia, pero es que no podía evitarlo.
El joven le rodeó los hombros con su brazo y, sacando el móvil del bolsillo, puso la cámara delantera. Ambos sonrieron a la cámara, cada uno por diferentes motivos, pese a que eran bastante parecidos.
—Bueno, salimos bien, ¿no?
Ella asintió mirándole a él, en vez de al móvil. Retiró la vista un momento y se obligó a recomponerse. ¿Qué le pasaba? ¿Era boba o qué?
Salieron de la casa al cabo de un rato, y todos miraron el reloj para ver si les quedaba tiempo de hacer algo a ellos solos antes de ir a comer. Y sí. Aún les quedaba una hora entera.

Sergio propuso ir a comprar algunos regalos para los familiares. Llevaban allí cuatro días y aún ninguno de los cuatro había escogido unos buenos souvenirs para los de casa. Pararon en una pequeña tienda. Estaba abarrotada de gente y eso a Miriam le encantó. Sacó la cartera y se hizo la dueña de todos los imanes que le hacían gracia.
Paula cogió una taza, una camiseta donde ponía I LOVE AMSTERDAM para su prima pequeña, llaveros e imanes, y cuando pagaba en la caja, miró la rosa de papel color rojizo que estaba tras el cajero, tenía Ámsterdam grabado en el tallo de color dorado. Pensó en su hermana mayor. Le iba a encantar.
—¿Y esa rosa? ¿Algún admirador?—preguntó Sergio con burla. Se puso tras suya con sus sudaderas y una taza el doble de grande que la de Paula.
—Es para mi hermana Rebeca—contestó riéndose.
—¿Para quién?—preguntó el otro chico, colándose en la cola.
—¡Tío!—se quejó el rubio.
—Para mi hermana—rodó los ojos.
Salió del establecimiento para encontrarse con Miriam apoyada en un banco. Llevaba las gafas de Sol, aunque estaba nublado, pero decía que le daba un toque de lo más chic a su conjunto de hoy. Sonrió cuando se acordó de como se lo había dicho antes de tener la peleílla. Se aproximó hacia ella, sacando un pañuelo blanco del bolsillo.
—¿Qué haces?—le preguntó la otra.
—Una ofrenda de paz—rió por la tontería.
La pelinegra sonrió y cuando Paula le abrazó, no tardó en corresponderle. Estaba de lo más cansada con las peleas por culpa de Miquel. Su amiga decidió callarse, como había hecho en la cafetería. ¿Qué iba a ganar de todas formas diciéndole las verdades sobre su novio?
Nada.
Miriam era una cabeza cuadrada.
—¿Cuánto nos queda de tiempo?—les sobresaltó el moreno saliendo del pequeño establecimiento.
—Media hora, más o menos—contestó la castaña, sonriéndole.

Aquello no pasó desapercibido para Miriam, que tal solo les miraba tras sus gafas. Esperó a Sergio, quien salió lleno de bolsas de la tienda y con las mejillas arreboladas por el frío, animó a sus amigos a ir al bar para comer.

—¿Llevas bastante dinero rubito, o te lo has gastado todo comprando?—le preguntó la morena mientras los cuatro se sentaban en una mesa.
Los otros tres le miraron sin entender. ¿Qué quería ahora?
—¿Y a ti que más te da?—respondió divertido, guiñándole un ojo.
—Lo digo, porqué eres tú quién me va a pagar el rijsttafel  qué tiene tan buena pinta y que su precio parece prohibitivo.
Ahora, quién le cucó un ojo provocándolo tras la carta fue la morena. Sergio palideció. No se acordaba de la apuesta de la noche anterior. Paula miró a Gabriel levantando una ceja y éste se rió por lo bajo, ojeando la incredulidad de su amigo de siempre.
—Bueno, pero eso era tontería. Habíamos bebido.  ¿No me tomaste en serio, verdad Miriam?—disimuló carraspeando.
—Claro que lo hice. Y Gabriel también. ¿Verdad?
—Por supuesto—asintió mirando la carta.
—Venga ya tío. ¡Apóyame!
—¿Qué?—se carcajeó Gabriel.
Miriam sonrió de manera triunfante mientras Paula hacia cuentas del dinero que había cogido aquella mañana. Ella también tenía que pagarle la comida, y por las muecas de diversión que hacía el joven, no tenía pinta de pedirse algo barato.

miércoles, 2 de marzo de 2016

¿Te acuerdas de mí?

#7

Madre mía.
Madre mía.
Y madre mía.
¿Cómo se quitaba esas ojeras de zombi?
Sabía que acostarse a las cuatro de la mañana y levantarse a las siete tenía unas consecuencias que una debía cargar, pero aquello se le había ido de las manos. ¿A caso era la novia de Frankenstein y no se había enterado?
Quiso pedirle ayuda a Miriam y que le pusiese anti ojeras tanto como quisiese, pero su querida amiga ya había bajado a desayunar y, según ella: coger sitio para las dos. Según Paula, que tenía un hambre insaciable.
Decidió ponerse un poco de base y colorete, y, al hacerlo, casi sin querer se imaginó a Gabriel susurrarle que no se pusiese mucho, o que parecería una puerta.
Sonrió como una chiquilla, pero negó con la cabeza rápidamente.
No te imagines cosas que no son, Paulita. 
No quería hacerlo, claro que no, pero había sido tan fácil la conversación que tuvieron anoche, que todo le parecía sencillo con Gabriel. Al salir del casino se habían juntado con sus amigos y los cuatro habían hablado durante el camino. Ellos dos, cada uno en una punta del grupo, comentaban junto con la otra pareja, pero ni tan siquiera habían vuelto a mirarse.
Paula no sabía por qué pero le daba vergüenza mirarle después de estar toda una noche hablando. Una completa estupidez, cierto. Pero solo ella entendía sus razones.
Cogió el abrigo, los guantes y un gorrillo de lana que se había comprado el primer día. Hoy hacía más frío de lo normal y ella no tenía el cuerpo para mucho meneo. Tenía un sueño terrible.
Avanzó hasta los ascensores y cuando salió de uno de ellos se encontró con más de cien  personas comiendo, hablando…
Intentó divisar a su mejor amiga, y la encontró justo cuando se metía un trozo de plumcake en la boca. Cogió una magdalena, un zumo y un vaso de leche. Caminó hacia Miriam y se sentó en frente suya.
—Hola—le dijo ésta con la boca llena.
—¿Cuánto has comido?
Observó los envoltorios de un montón de cosas esparcidas por la mesa, una botella de agua y un batido de chocolate.
—Mucho. Este horario guiri me mata. ¿Cómo pueden cenar tan pronto y aguantar hasta el día siguiente? Me he levantado pensando en comida.
Paula soltó una risotada y se bebió el vaso de leche de un trago. Ella también tenía hambre.
—¿Hoy adónde vamos?
—Hemos estado hablando con Paco, y después de insistirle ha decidido gastar las entradas de Anna Frank. Vamos todo el grupo.
—¿Hemos?
—Sí. Sergio y yo. Se acaba de ir al baño pero hace nada estaba desayunando conmigo.
La castaña sonrió, se recolocó las gafas en el puente de la nariz y empezó a comerse la magdalena.
—Así que Sergio y tú, eh.
Miriam se atragantó con el plumcake. Tosió hasta que se le pusieron los ojos rojos y bebió del agua que su compañera le ofrecía. No podía creer lo que le había dicho Paula.
—¿Qué insinúas, tía? Qué yo estoy con Miquel.
Paula frunció los labios y siguió comiéndose la magdalena. No le gustaba Miquel para su mejor amiga. ¿A quién le podía gustar un chico de veintidós años que, según él, amaba a Miriam con locura, teniendo tan solo dieciséis?
A parte, de ser un adicto a la marihuana. Paula intentaba enseñarle a su amiga la parte mala de él, pero la otra estaba tan ciega que tenía la venda bien apretada contra sus ojos.
—Sergio es el doble de guapo.
Y lo era.
Y tanto que lo era.
Y Miriam lo sabía de buenas, pero seguía viendo a Miquel con el mismo cariño que la primera vez.
—Bueno, ¿y qué? ¿A caso todo es la edad, la altura y la belleza?—respondió a la defensiva. Siempre que tocaban el tema le salía su vena protectora.
—No, Miriam, no. Tan solo te lo estaba comentado. Ya sabes que Miquel no es santo de mi devoción.
—Ya claro, ni Juanjo, ni Tomás… Ninguno de todos.
—Es que siempre te buscas algo que no va contigo—intentó calmar las aguas.
—Los polos opuestos se atraen.
—No. Los polos opuestos acaban destrozándose Miriam.
La morena se retiró el flequillo de la cara, miró a su amiga con ojos vidriosos y queriendo dejar la conversación estar, murmuró:
—No nos enfademos en Ámsterdam, Paulita.

lunes, 22 de febrero de 2016

¿Te acuerdas de mí?

#6
—¿Ahora quién tiene miedo, Sergio?—achacó Miriam riendo. Ella y Gabriel habían ganado.
Paula bebió de su segunda Coca-Cola mientras el chico se defendía de los continuos ataques de su amiga. Gabriel, a su lado, le miraba casi sin pestañear.
No sabía si el alcohol del único cubata que había tomado le estaba pasando factura. ¿Qué le habían puesto a aquello? ¿Por qué no podía dejar de observar cada movimiento suyo? Se estaba volviendo loco, de eso, estaba seguro.
—¿Te has maquillado?—inquirió, curioso.
Se había fijado en ella nada más verla en el hall, pero sus gafas ocultaban un tanto del maquillaje. Ahora que se las había quitado y se había hecho un moño como en la mañana anterior, podía ver todos sus rasgos perfectamente.
—Sí, un poco—le respondió, tímida.
Le daba vergüenza que le preguntase aquello de tal manera. ¿A caso no podía maquillarse? ¿Se estaba riendo de ella?
No, eso no.
—Te queda muy bien.
¿Le estaba tomando el pelo?
—¿Te estás burlando?—preguntó, un poco ofendida. Dejó la Coca-Cola en el sitio y le miró con ojos despiertos.
—¿Qué? ¡No! Lo digo enserio. Te queda bien, te hace más mayor.
—¿De normal parezco una niña?
Gabriel le miró sorprendido. ¿Por qué le daba las vueltas a todo? Tan solo le había dicho que estaba muy guapa. Bueno, eso, técnicamente no. Pero él lo pensaba de esa manera, ¿por qué no se daba cuenta?
—No Paula, tan solo digo que te queda bien.
—Ah, vale—asintió, con una sonrisa jugueteando en sus  labios.—Gracias.
Se le subieron los colores hasta las mismas raíces del pelo. Parecía un tomate, seguro. Bajó la cabeza a sus zapatos planos y disimuló como una actriz en pleno rodaje. Una actriz absurda, se dijo él, pues ya le había visto.
Aun así, se sintió culpable de aquella escena, e intentando relajar el ambiente, bromeó:
—Aunque no te pases mucho con la base, parecerás una puerta.
Paula rio ligeramente, se acomodó en la silla de madera y giró su cuerpo al de él. ¿Se había acercado más o era cosa suya?
—Qué profesional del maquillaje.
—Ya—se carcajeó.
Empezaron una conversación de cosas sin importancia. Una tontería por aquí y otra por allá. No obstante, ninguno dejó el diálogo de lado. Si no eran de cosas de Paula, eran cosas de Gabriel. Estudios, familia, aficiones… ¿Qué importaba? Los dos hablaban sin parar, ajenos a las miradas curiosas de sus amigos, y los chismorreos por su parte.
¿Desde cuándo los dos tenían tanta confianza?
Paula estaba a gusto, plena. No tenía prisa por irse, ni siquiera miró el reloj por ver si sería demasiado tarde para llegar al hotel. Algo demasiado común en ella. No le importó que fuesen la una de la madrugada, que ya debería de estar por el tercer sueño y que, al día siguiente, se lamentaría de haber dormido menos de ocho horas. 
Gabriel miraba continuamente sus gestos, su manera de hablar y la vitalidad que desprendía por todos lados. ¿Por qué no se dejaba conocer con otras personas como lo hacía con él? No tenía cara de tener muchos amigos, ni tan siquiera sabía su nombre aquella mañana cuando despertó. Seguro que, si se proponía hacerse de notar, poco duraría en conseguir su objetivo.
Mientras aquellos pensamientos deambulaban en sus cabezas, el otro par de jóvenes hablaban sobre ello.
—Oye, tu amigo va a saco con Paula.
—¿Gabi? Qué va. Nunca...
—¿Y por qué dices eso? Si Paula es guapísima. Es normal que se haya fijado en ella.
Sergio asintió. Paula era guapa, lo sabía.
—Ya Miriam, pero no me refiero a eso.
—¿Cómo?
—Que a Gabi no le van ese tipo de rollos. Un lío de una semana, y si dura. Con eso ya tiene bastante.
—No me lo creo—murmuró convencida.
Ya se había dado cuenta desde el almuerzo el flirteo del moreno con su amiga. Ahora, que otra cosa es que Paula se hubiese dado cuenta, que para esas cosas le costaba demasiado…
—Pues créetelo.
—¿Quieres apostar? A lo mejor vuelves a perder.
—No creo, en esta gano—aseguró, convencido.
Enseñó los dientes a través de sus labios, alzando las cejas de manera chulesca. Sabía que iba a vencer en la apuesta. Conocía a su amigo desde párvulos. ¿Le iba a decir Miriam, a él, quién era su amigo de toda la vida?
—Vale, lo que tú quieras. La puja subirá cada día cincuenta céntimos.
—¿Hasta qué?—preguntó sacando la cartera.
—Hasta que los veamos de la mano, proclamando su amor, u odiándose—contestó con felicidad y ojos soñadores.
—De verdad que eres una moñas.
—Ya, ya. Pero yo ganaré.

lunes, 15 de febrero de 2016

¿Te acuerdas de mí?

#5
El local era algo oscuro. Demasiado para Paula, pero lo obvió. Debía pasárselo bien, tenía que hacerlo. Se fijaron en todo lo que les rodeaba: mesas de billar, barra de bar, mesas pequeñas, un futbolín, millones de máquinas, mesas rodeadas de gente jugando a las cartas… y sobre todo: mucha juventud.
Aquello les impresionó, pero no más que les dejasen entrar. Con el carné de Sergio y una sonrisa pícara de Miriam había sobrado. Menuda seguridad.
Los chicos y Miriam se pidieron un cubata cada uno, Paula una coca cola, y algo desventada.
—¿Echamos una de billar?—preguntó Gabriel.
Se acercaron hacia la única mesa que estaba libre y sacaron las bolas, más los tacos. Mientras todo era colocado el rubio dijo con una socarrona sonrisa:
—¿Chicos contra chicas?
—¡Claro!
—¿No creéis que os vamos a pegar una paliza?
Miriam alzó las cejas y le miró con ojos cansados.
—Eres un vacilón.
—No. Tan solo digo la verdad—sonrió.
Paula negó con la cabeza mientras aquellos dos discutían. Miró a Gabriel colocar las bolas en el triángulo y se fijó lo guapo que estaba. Espera, ¿qué?
No está guapo, se reprendió. Está normal, como ésta mañana.
—Gabi, tú y yo contra estos dos—dijo Miriam haciendo sobresaltar a Paula. ¿Ella con Gabi?
—Eso, y tú, Paula, conmigo—Sergio le rodeó los hombros a la turulata castaña, que miraba a su compañero de juego, distante.
El moreno miró a su amigo, después a Paula, luego a Miriam y más adelante otra vez a Paula. ¿A qué venía ese cambio de rumbo?
—A mí me da igual, os voy a ganar de todas formas—mintió. No le daba igual, claro que no. Él quería ir con Sergio, ¿o con la pareja de Sergio?
Con Sergio, claro.
—Eso habrá que verlo—dijo Paula alzando el taco.
—¿Quién empieza?
—Nosotros, Paula ¿tú primera?—le respondió a Miriam.
—Vale.
—¿Qué va a ser?—preguntó Gabriel.
Paula miró la mesa, las bolas amontonadas en un triángulo perfecto y su amiga sonreírle desde el otro lado. La gente alborotada mientras jugaban y a Gabriel otearle fijamente. Le dio a la bola blanca, y una rayada entró por la esquina derecha.
—Rayadas—contestó, mirándole a los ojos. Dirigió la vista a Sergio y se agachó para colocarse. Situó el taco entre sus dedos, deslizándolo unas cuantas veces. Al final, empujó de nuevo la bola blanca, que golpeó la 10, y ésta la 15, y se deslizaron ambas por la misma esquina.
—¡Joder!—exclamó Sergio riendo.
El otro joven le miró bajo sus pestañas, asintió sonriendo hacia ella y le dio paso para continuar. El hecho de que supiese jugar al billar le hacía atrayente. ¿Un movimiento tan simple como fruncir el entrecejo y mirar una pelota blanca debía ser tan seductor?
No, se repitió de nuevo, negándose la visión de Paula.
Esta vez, la chica probó con la bola número nueve, pero el final no dio resultado. Quedó justo al lado de la misma esquina por donde las otras dos habían entrado.
—Nos toca—exclamó Miriam. Se adelantó antes de que Gabriel le dijese lo contrario y con un movimiento bastante brusco, le dio a la bola blanca.
Quiso hacer una jugada parecida a la de su amiga, sin embargo, se quedó en la nada. La bola golpeó el número 13, y ésta quedó en mitad de dos esquinas.
—Creo que deberíamos apostar algo—apuntilló Sergio, cuando metió dos pelotas en dos jugadas.
—¡Claro! Ahora que estáis ganando, no te fastidia…
—¿Tienes miedo, Miriam?—le picó.
—Pues no. ¿Qué apostamos?—entró al trapo de mala manera.
El seductor Sergio sonrió al darse cuenta que se había salido con la suya. Ya tenía a Miriam metida en el bote para apostar algo. Miró a su amigo, que negó con la cabeza varias veces.
—No tío, no apostamos nada, qué no llevo casi dinero.
—No tiene por qué ser económico.
—¿Qué?—preguntó Paula.—Nada de apuestas, que con presión seguro que perdemos.
—Qué negativa—cuchicheó Gabriel aposta. Paula se giró con las mejillas coloradas pero no dijo nada, él, en cambio, sonrió por dentro al ver la ternura de su gesto.
—Bueno va, quién pierda, paga la comida de mañana—finalizó la morena.
Todos asintieron conformes y siguieron con el juego.
Al acabar Sergio, continuó Gabriel, quién dejó a todos fascinados metiendo tres de golpe.
—Mmm, se pone interesante.

miércoles, 3 de febrero de 2016

¿Te acuerdas de mí?

#4

—En persona, por supuesto—farfulló muy flojito.
—Las que has tenido, ¿cómo han sido?—le retó. Acercó más su cuerpo al de ella, sin darse cuenta, y apoyó la cabeza en ambas manos; como si le estuviese contando lo más interesante del mundo.
La chica notó la calentura cubrirle todo el cuerpo, y empezó a dudar de si su abrigo no era demasiado grueso para aquel temporal. El viento que le azotó negó aquella hipótesis.
—Pu…pues, en persona—mintió.
Los únicos roces que había tenido con chicos habían sido por WhatsApp, o, rebuscando entre sus recuerdos, por el poco usado Tuenti. Tal vez aquel odio hacia las relaciones virtuales era debido a que las otras habían sido un auténtico desastre.
Miriam alzó las cejas, pero no dijo nada, siguió de lo más entretenida observando a aquellos dos conversar. Empezó a notar cierto jugueteo en el tono de Gabriel que le hizo alertarse. ¿Qué tramaba aquel chico con su mejor amiga?
—¿Y qué tal?
—Bien—volvió a contestar escuetamente. ¿Qué podía decir? No tenía ni idea de lo que hablaba.
—¿Te lo estás inventando?—urgió en la mentira.
—No.
El rotundo “no” le alarmó. Tal vez tuviese razón, ¿y por qué no iba a tenerla?—se dijo a él mismo. ¿A caso una chica como ella no debía tener ningún ex a sus espaldas?
—¿Lo conozco?—preguntó, en vez de disculparse.
—Quién sabe.
Se miraron de nuevo a los ojos. Paula con el ceño fruncido y Gabriel con las comisuras de la boca tensas. Dejaron el tema. Se había convertido de una conversación a un reto, y a ninguno le gustaba eso.
Miriam carraspeó. Necesitaba encontrar un punto fijo en el humor de aquellos dos.
—¿Y si nos vamos? Nos queda media hora para llegar.
—Me parece bien—le siguió Sergio.  
Cogieron sus mochilas, se las pusieron en la espalda y dieron media vuelta hacia la misma cafetería donde estaba Paco. El camino fue corto, más que al llegar. Tal vez porque iban más rápido y esta vez ninguno de los cuatro había mencionado una palabra.

 .........
—¿Y por qué tenemos que ir?—preguntó Paula repantigada en el sofá de la habitación.
Eran las ocho de la tarde, el Sol hacía tiempo que se había escondido y las dos amigas acababan de ducharse.
—Pues porqué es la primera vez que nos invitan a un sitio así. Y no pretenderás quedarte toda la excursión aquí metida ¿verdad?—Miriam alzó las cejas, rebuscó entre su maleta la bufanda roja.
—Pero es que no nos van a dejar entrar Miriam…—le regañó.
No quería ir al casino con Gabriel y Sergio. Había sido idea del moreno la quedada, y no le parecería mala idea si no fuese por qué hacía un frío de mil demonios y no tenía ganas ni de moverse.
—¡Qué sí que nos dejan! Maquíllate más y ya.
—Nunca me maquillo.
—Jolín Paula, deja de poner pegas—renegó la chica.
Se puso las botas que había llevado por la mañana y se acercó a su amiga. Ya estaban listas, pero Paula aún estaba decidiéndose en el color de la base.
—Deja, yo lo hago—le arrebató la brocha y con suaves pinceladas le dijo:—aparte, están muy buenos.
Paula se carcajeó negando con la cabeza. Dejó que su amiga le maquillase e intento pensar positivamente. Seguro que se lo iban a pasar bien—se convenció.
Cuando acabaron, cogieron los abrigos junto con los guantes y bajaron por el ascensor. Al llegar al hall, Sergio y Gabriel hablaban apoyados en la puerta. No se percataron de su presencia, hasta que la morena tropezó con las botas.
—¿Estás bien?—preguntó Sergio, cogiéndole del brazo. Había llegado a tiempo antes de que la chica se hubiese dejado los dientes en el suelo.
—Sí, sí—murmuró muerta de vergüenza.
Enderezó su espalda y maldijo las horribles botas. Ya sabía que se iban a cachondear de ella. Parpadeando con disimulo les dijo a los tres que le observaban:
—¿Nos vamos ya?
Asintieron al unánime, dirigiéndose hacia el local que solo sabían los chicos. Ellas, los siguieron por detrás, y Paula, sin poder morderse la lengua, cuchicheó:
—¿Tenías hambre?
Miriam le golpeó un brazo mientras se echaban a reír. Continuaron caminando tiritando de frío.